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DATACIONES RADIOCARBÓNICAS DEL CASTRO DE VILADONGA (LUGO)

Abstract: Radiocarbon dates from the hill-fort of Viladonga. The castro (hill-fort) of Viladonga has a well attested occupation in Roman times. Recently a long section has been cut across the fortifications on its Eastern side, discoveríng in between the second and the third wall an occupational level with remains of artesanal activities that has been dated by C-14 in the 1st century BC-first quarter of the 1st century AD, supporting thus the possibility of a certain prerroman presence in the area prior to the floruit of this hill-fort starting by the end of the 2nd century AD.

Key Words: Radiocarbon; Hill-fort; Roman; Iron Age

NOTA PREVIA
Este trabajo se presentó inicialmente en el Coloquio de Homenaje a C. A. Ferreira de Almeida (Castrexos e Romanos no Noroeste), celebrado en Santiago de Compostela entre los días 2 y 4 de octubre de 1997. Se publica ahora aquella aportación en forma de artículo en esta revista, actualizando, en lo imprescindible, los datos y la bibliografía.

 

El Castro de Viladonga

El Castro de Viladonga es un yacimiento, efectivamente y como su nombre indica, de clara conformación castreña pero que figura ya en la bibliografía arqueológica como un ejemplo de asentamiento que conoce su ocupación principal en época galaico-romana, en este caso tardía (s. II - V d.C.), a tenor de los resultados de las excavaciones y del estudio de los materiales que se obtuvieron en las dos fases de trabajos arqueológicos realizados en él desde 1971.

Situado a 23 km al N.E. de la ciudad de Lugo, en uno de los bordes (precisamente en el N.E.) de la Terra Chá y no lejos de las sierras de Meira y del Monciro y de las fuentes del Miño, ocupa toda la corona de un monte de 553 m. de altitud máxima, y abarca una extensión aproximada de unos 40.000 m². dentro de sus murallas más exteriores. Estas acogen en su interior la corona (coroa) o recinto central en forma de cuadrado irregular con los ángulos redondeados, de unos 100 x 95 m en sus ejes N-S y E-O respectivamente, configurando un complejo sistema defensivo de murallas, parapetos, terraplenes y fosos (que se suceden hasta cuatro veces por el lado Este), y dos amplios antecastros, "socastros" o zonas de expansión en los lados S.S.E. y O.N.O.

El yacimiento comenzó a ser excavado en 1971 por Manuel Chamoso Lamas, que habría de continuar los trabajos hasta 1977, descubriendo la mayor parte de la acrópolis y todo el lado interior Norte de la muralla principal (Chamoso 1977). Desde 1982 se hace cargo del yacimiento F. Arias (y desde 1983, en que fue creado, también de su Museo Monográfico, abierto y en pleno funcionamiento desde 1986), continuando los trabajos de excavación, ahora completados con labores de limpieza y consolidación, además de la documentación y estudio de los materiales ("antiguos" y de nueva aparición), y de la continua atención a la presentación y al uso sociocultural y educativo de estos fondos y por supuesto del propio Castro. (Arias et. al. 1990; Arias/Durán 1996, y Boletín Croa, desde 1991).

En estos veintiséis años largos se exhumaron numerosas y variadas estructuras, tanto defensivas como de habitación o destinadas a otros usos (corrales, posibles graneros y talleres, un probable lugar de reunión...), predominando las construcciones de planta cuadrangular pero en perfecta convivencia y sincronía con las de planta aproximadamente circular o de muros curvos. Se advierte también una clara organización del espacio interior del Castro, ordenándose los grupos de casas (presuntamente "barrios" de unidades familiares) en torno a dos caminos o ejes cruzados (de N. a S. y de E. a O., comunicando éste las dos entradas de la croa) y a una especie de ronda interior paralela a la muralla del lado Norte. Se añaden a todo esto detalles constructivos como la presencia de enlosados interiores, canales y desagües exteriores, o la coexistencia de techos de paja o colmo con los de tégulas e ímbrices tal como demuestran los hallazgos producidos ya desde 1972.

Como ya resaltara Chamoso Lamas en su día, desde la primera campaña de excavación, este tipo de estructuras y organización del poblado se vio acompañada de unos numerosos y muy diversos hallazgos de materiales, aparecidos en gran cantidad y con una calidad y singularidad algunas veces extraordinaria, considerando además el tipo de asentamiento, castreño, de que se trata (Chamoso 1977, 41).

Todo lo que antecede, unido sobre todo a los resultados de los trabajos realizados en estas dos últimas décadas, induce a establecer una cronología de época galaico-romana y tardía (s. II al V d.C. por lo menos) para su principal y más extendido y representativo nivel de ocupación, sin perjuicio de que exista (como luego se dirá) un área, muy localizada en el espacio y en el tiempo que conoce una utilización anterior prerromana (Arias/Durán 1996, 131-132).

El conjunto de Viladonga resulta ser así uno de los castros tardíos, en este caso con una monumentalidad digna de resaltar, que cada vez con más frecuencia se vienen citando para todo el Noroeste ibérico, conformando uno de los tipos de asentamientos que en el Bajo Imperio convive, aunque sea con carácter minoritario y, quizás, con funciones muy específicas, con los enclaves humanos de las zonas más bajas y accesibles, como las villae, los vici y, desde luego, como las ciudades en sus diferentes tamaños y categorías (Pérez Losada 1991, 428-451). En nuestro caso, es evidente la relación, (arqueológica pero probablemente también "funcional" y, al final, contextualmente histórica), con la cercana y todavía no bien explorada villa de Doncide, o con la ciudad de Lucus Augusti, de la que debió de tener una presumible "dependencia" a tenor de lo que indica la propia cultura material y, por supuesto, el mismo contexto geográfico-histórico (Arias 1996 p. 181-185).

 

Consideraciones metodológicas sobre el Carbono 14

En el decurso de los últimos decenios el sistema de datación basado en el análisis del carbono 14 se ha convertido en el medio más socorrido a la hora de obtener una cronología absoluta en el marco de la llamada Prehistoria reciente. La materia prima empleada (huesos, madera, carbones, conchas y otros materiales orgánicos) y su ámbito universal de aplicación permitieron a la disciplina arqueológica superar la dependencia de la cronología comparada, basada en la existencia, -algunas veces más ficticia que real- de correlaciones entre la cultura material de diversos yacimientos -e incluso de regiones apartadas-. Paradójicamente, es en el momento en que el radiocarbono como método de datación aparece más asentado cuando comienzan a plantearse cuestiones sobre su validez y sobre la precisión o utilidad de sus informaciones. En efecto, el resultado radiocarbónico no es más que una aproximación estadística, sujeta a un error más o menos grande, dependiendo de una serie de circunstancias como pueden ser el peso y la antigüedad de la muestra, el tiempo de medición y el intervalo de confianza exigido (siendo el de 2 s el más conveniente por razones de certeza estadística).

El panorama de la utilización arqueológica del Carbono 14 se complicó aún más al constatarse la discordancia entre los años "radiocarbónicos" y los solares, lo que llevaba a que en determinados períodos las cronologías apareciesen modernizadas o renovadas. A fin de evaluar esas divergencias a lo largo del tiempo, comenzó a recurrirse a la datación radiométrica de grupos de anillos de crecimiento de árboles de edad conocida mediante la dendrocronología. Hasta la década de los años 80 no se consiguió un consenso sobre la calibración a emplear en la corrección de las fechas C-14 convencionales, y este hecho se logró gracias a la mejora en las técnicas de medida, que permitieron la sistemática obtención de dataciones de alta precisión y la progresiva prolongación de las series dendrocronológicas en las dos orillas del Atlántico, basadas en el roble para Centroeuropa y en las Islas Británicas y en el Pinus aristata, en la sequoia y en el abeto de Douglas para Norteamérica. Finalmente, en 1986 Pearson y Stuiver dieron a conocer una curva de calibración, fruto del buen acuerdo estadístico entre los resultados obtenidos en los laboratorios de Belfast y de Seattle y que fue recomendada internacionalmente para la sección temporal 2500 AC - 1950 AD (Pearson/Stuiver 1986).

Sin embargo, y a pesar de las mejoras de orden instrumental, persistió en determinados ambientes, y sobre todo para ciertos periodos, una desconfianza notable hacia el método radiocarbónico. Las razones de esta actitud son diversas, y comprenden desde una defensa acrítica de los viejos sistemas de datación hasta una razonable duda frente a la falta de certeza de las fechas del C-14. Este último factor es relevante en quellos periodos más próximos de la Protohistoria, cuando las referencias en las fuentes o las importaciones de determinados materiales comienzan a tener un papel decisivo a la hora de encuadrar crono-culturalmente los yacimientos y/o sus distintos niveles.

A esta circunstancia hay que añadir la particularidad de que la curva de calibración no es absolutamente regular y, por ejemplo, en la encrucijada entre la Primera y la Segunda Edad del Hierro (2500-2400 BP) muestra un importante desplazamiento en la línea horizontal que conlleva una fuerte imprecisión en los intervalos de calibración correspondientes a esa etapa. Estas faltas deberán de superarse afinando en la medida de lo posible el empleo de la herramienta radiocarbónica, pero también huyendo del yermo enfrentamiento entre ésta y la cronología comparada y, por el contrario, procurando combinar las ventajas de los dos métodos.

 

Las fechas radiocarbónicas del Castro de Viladonga

En los años 1988 y 1989 (en este segundo año con la retirada de los "testigos" de tierra dejados en el primero; cfr. Arias 1991, 71-75, Arias 1996a, 25-28 y Arias 2001, 189-193), y con el fin de completar el conocimiento sobre este Castro (hasta entonces ceñido prácticamente al interior de la croa), se realizó un corte transversal en las murallas y fosos del lado Este del yacimiento, de 60 m. de largo y 5 m. de anchura. Se trataba fundamentalmente de conocer la estructura, disposición y cronología del sistema defensivo en esta parte del Castro, en la que se muestra más complejo y aparente; sistema que, en principio, se estimaba (y se estima todavía ahora, en tanto no haya razones poderosas para cambiar de opinión), que fuese coetáneo y plenamente "funcional" con el nivel de ocupación galaico-romano tardío del conjunto del recinto central del yacimiento.

En estos trabajos se documentó la construcción de aquellas murallas (al menos de las tres más cercanas a la croa), constituidas a base de paramentos de piedra por la cara interior y de acumulaciones de tierra y piedra por el lado exterior y sobre cada foso. Asimismo, entre la segunda y la tercera muralla y en una especie de recinto a modo de "cuerpo de guardia" abierto hacia la entrada Este del Castro, —sector de excavación 12-S/1 e 12-S/4 (vid. plano)—, se descubrió, entre otras cosas, la existencia de un nivel de ocupación que, dada su situación estratigráfica, sería anterior (aunque quizás en muy poco tiempo, vid. infra) a la construcción de aquel monumental sistema defensivo. No obstante, convendrá tener en cuenta para todo lo que aquí se diga a propósito de la contextualización arqueológica de esta área, que el hecho de tratarse de un corte o gran zanja transversal nos deja a la expectativa de lo que pueda aparecer cuando, en su día, se amplíe adecuadamente esta excavación, lo que permitirá sin duda aclarar muchas de las dudas que hoy subsisten, tanto sobre las estructuras y los materiales asociados a ellas como sobre su carácter, funcionalidad, relación con el resto de las áreas del Castro y, lógicamente, sobre su cronología; entonces será el momento de volver sobre éstas (u otras) fechas obtenidas a partir de los análisis radiocarbónicos que ahora se comentan.

En el sector 12-S/1, entre aquellas segunda y tercera muralla y en aquella camada o nivel de ocupación, se descubrieron restos de algunas estructuras de hábitat unidas a actividades bien domésticas bien de tipo "artesanal", consistentes fundamentalmente en un nivel de barro apisonado y en un hogar pequeño pero bien hecho (figs. 2, 3, 4A y 4B); a su alrededor aparecieron además numerosos fragmentos de "pallabarro" (trozos de barro cocido con improntas de palos, maderas y ramas) en general ahumados por una cara (siempre la lisa) y probablemente correspondientes al revestimiento interior de un muro o de un techo de la construcción situada en esta zona entre las antedichas murallas.

Asociados a aquellas estructuras y nivel de ocupación apareció una serie de materiales cerámicos y metálicos de difícil adscripción cronológico-cultural, sea por su atipicidad o por sus propios rasgos formales, sea por su estado fragmentario. Adelantemos ya que se trata de fragmentos de cerámica común de tradición castreña, muy pobre y fragmentada, de algunas piezas de bronce también fragmentadas y poco definidas (fig. 5), y de algunos elementos relacionados con el trabajo de fundición como moldes, un posible crisol para bronce y restos de escorias. Con todo, este último tipo de materiales fueron de aparición más abundante en el área colindante del primer foso (12-R/1), es decir,el situado justo antes y al pie del espacio o estancia ubicada entre las murallas segunda y tercera (12-S/1). Este último es el sector donde se recogió la mayoría de las muestras orgánicas (carbones) más fiables, mientras la otra (huesos) procede de la muralla principal (12-P/4), con el fin de datarlasmediante el análisis del radiocarbono en el Laboratorio de Geocronología del CSIC (Madrid) y cuyos resultados comentaremos aquí.

Los análisis de estas muestras, recogidas pues en esta parte Este del Castro y fuera de su croa o recinto central, e identificadas como CSIC-861, 862, 896 y 938, fueron calibradas según la curva internacionalmente aceptada de 1993, con las modificaciones introducidas en 1998 (empleando el programa Calib 4.12 de Stuiver y Reimer) y, conjuntamente, la disponibilidad de varios resultados para el mismo contexto arqueológico permitió hacer una combinación estadística que, a su vez, sirvió para proporcionar una cronología bastante precisa. Se especifican aquellos en la siguiente tabla:

En este cuadro de datos llama la atención, en primer lugar, la general coincidencia entre tres de las muestras así como el carácter marginal de una cuarta (CSIC-896), significativamente la más antigua. Esta última se corresponde con unos pocos huesos sueltos recogidos en la parte alta del relleno interior de tierra de la muralla principal, que cubre el cerne o nervio pétreo (y que fue paredado por la cara interior) de este primer y principal recinto amurallado de Viladonga. Hay que destacar que una primera remesa de huesos de la misma procedencia no pudo ser analizada por presentar una impureza química, según reveló en el informe de aquel Laboratorio el Dr. Fernán Alonso, - responsable de los análisis y a quien agradecemos su interés por todo lo relacionado con las muestras de este Castro -. La fecha resultante, una vez calibrada, nos propone un intervalo temporal bastante amplio, que iría desde inicios del s. IV hasta comienzos del s. I, siempre antes de nuestra Era.

Dentro del otro grupo de muestras, caracterizado por su clara coincidencia temporal y por tratarse en los tres casos de carbones vegetales, hay que distinguir de entrada las dos identificadas como CSIC-938 y CSIC-862, provenientes de una concentración de carbonos localizada en el espacio que está sobre o al lado de la segunda muralla, y vinculada a algunos elementos constructivos (restos de "pallabarros") y a la ya citada cerámica castreña muy común, atípica y fragmentada. Su coincidencia estadística, y además la contextual, aconsejan la combinación de ambos resultados, obteniendo así una media ponderada que nos otorga una mayor precisión, apuntando a un intervalo de tiempo que comprende todo el s. I a.C. y la segunda década del s. I d.C.

En lo tocante al tercer valor de este grupo (muestra CSIC-861), proviene del pequeño hogar situado cerca de la tercera muralla y en las inmediaciones de aquella concentración de cenizas y carbones, y puede asociarse a un suelo de barro apisonado que dio alguna cerámica común castreña como la ya antedicha, algunas piedras pequeñas de pizarra perforadas (pesos o contrapesos de algún tipo de utensilio doméstico o artesanal, no necesariamente un telar), y tres piezas de bronce: dos de uso mal definido, como un posible mango cilíndrico y con remaches y forma de botón (que conserva algo de madera ¿o cordaje? en su interior), y un remate hueco en forma de corno ou hasta, y una tercera que es claramente identificable con una agulla de cabeza romboidal y ojo muy estilizados. Aquel piso y hogar son ligeramente subyacentes a la banqueta de base o cimentación de la tercera muralla (que en buena lógica no debía quedar visible y "descalzada" durante su uso), pero ignoramos en cuanto tiempo sería anterior.

En este sentido, por un lado el resultado obtenido de la muestra, idéntico a las precedentes, y por otro las circunstancias arqueológicas así como la plausible presunción de que el sistema defensivo completo del Castro es seguramente del s. III d.C.(debido al contexto arqueológico global del yacimiento), hacen muy verosímil la hipótesis que aquellos elementos domésticos corresponderían a una misma fase de ocupación en esta área del yacimiento que, combinando estadísticamente las tres fechas de este grupo, se podría situar con gran probabilidad entre los años 94 AC y 22 AD (o dicho de una forma más simple, entre ± 90 a.C. y ± 20 d.C., es decir entre la primera década del s. I AC y los comienzos de nuestra Era (fase "antiga" en la gráfica).

La distancia temporal entre la única fecha de la muralla y las de otro grupo, particularmente nítido tras la combinación de estas últimas, ofrece diferentes posibilidades sin que, de momento, se pueda optar decididamente por una de ellas. Por una parte, siendo el resultado discrepante el único proveniente de huesos, podríamos pensar en algún tipo de contaminación que envejeciera un tanto la muestra (además de algunos problemas que se produjeron en la medición de otras muestras del mismo tipo y lugar, tal como refirió en su día el Dr. Fernán Alonso). Otra posibilidad sería la de que existiese una ocupación, todavía no detectada arqueológicamente (y con estratigrafías claras) de forma suficiente, que fuese anterior al s. I a.C., de la que podrían ser prueba esos huesos o tal vez algún material no diagnóstico ni encuadrable culturalmente con claridad. A este respecto, conviene recordar aquí que la existencia en Viladonga de algunos materiales de clara tipología "antigua", como el hacha de bronce de cuatro anillas (y no digamos ya de las hachas de piedra pulida) o incluso de algún tipo de cerámica muy tosca y mala (con o sin decoración), puede muy bien deberse en unos casos a la presencia de objetos residuales de uso poco menos que simbólico o incluso votivo, y en otros, y a mayores, a la lógica perduración arcaizante de muchos útiles e instrumentos tanto domésticos como de oficios artesanales, además de la posibilidad de variantes poco cuidadas o mal acabadas en toda la ergología de épocas bien tardías, como sucede en muchos otros yacimientos.

A la vista de la información disponible, consideramos que la explicación más probable para la divergencia cronológica entre los huesos por un lado y los carbones por el otro, estribaría en razones deposicionales: en efecto, resulta muy verosímil que en el proceso de disponer materiales pétreos y térreos para construir la muralla principal del Castro, se incorporasen artefactos, ecofactos y todo tipo de restos anteriores (en poco o mucho tiempo...) a la dicha construcción, quizás - en el caso de los huesos - incluso sin relación con actividad antrópica ninguna.

Por su parte, los carbones analizados corresponderían a una etapa casi inmediatamente anterior a la del floruit del Castro, pertenecientes a época prerromana y a las décadas en torno al cambio de Era. Pero tampoco es desechable que, además de lo antedicho, estemos en presencia de una zona que, carente de materiales claramente adjudicables a la importación romana, estaba dedicada a labores de especialización y/o muy específicas (quizás metalúrgicas...) que por su carácter insalubre se ubicaron fuera del recinto habitado. Esta hipótesis incluso sería plausible en plena etapa tardía del yacimiento (s. III-V d.C. por lo menos), ya que los materiales de importación y/o de cierto lujo y valor no se utilizarían en estas áreas de trabajo artesanal más o menos penoso, por lo que nada impide para que se pueda mantener que aquella etapa tardorromana es la que caracteriza esencialmente al Castro de Viladonga conforme muestran sus estructuras visibles y los materiales más claramente datables y definidos (Arias/Durán 1996, passim).

Casi de forma paralela a la redacción original de este trabajo, en 1996, se realizaron nuevas intervenciones arqueológicas en este Castro, tanto en el interior de la croa como en el antecastro Oeste, a cargo de Luis López y Yolanda Álvarez, de Terra-Arqueos S.L. (la Memoria de esta excavación se remitió al órgano competente de la Xunta de Galicia y permanece inédita; un resumen de ella puede verse en Arias 2001, 196-197). En aquel último aterrazamiento occidental del yacimiento se comprobó al existencia de un camino y viviendas a su lado, y en él se asomaron dos muestras para su datación radiocarbónica: una correspondiente a restos de una viga o poste(3), y una segunda consistente en un trozo de madera(4). En el primer caso hay que resaltar que la muestra subyacía a un muro de cierre por lo que corresponderá a actividades anteriores al nivel de habitación documentado; por otra parte, dada su naturaleza, se puede pensar que procederá de un árbol longevo, avejentando de forma artificial al contexto arqueológico donde se inserta. En el segundo caso, las informaciones contextuales señalan la asociación de la muestra con un momento de abandono, dentro de la tardorromanidad, lo que sería coherente con el periodo sugerido para el final de la ocupación del Castro de Viladonga según el estado actual de la investigación.

 

Conclusiones

En suma, el análisis conjunto de los resultados radiocarbónicos y el estudio demorado de este tipo de dataciones obtenidas en estos últimos años en la zona Este del Castro de Viladonga y fuera de su croa, así como la presencia de algunos materiales de presumible antigüedad recogidos en otras partes del Castro, - con las premisas y salvedades recién apuntadas -, viene a prestar apoyo a la idea de la existencia en él de una ocupación anterior al momento de máximo desarrollo espacial y a la etapa de mayor prosperidad y auge poblacional del Castro, desde finales del s. II o comienzos del s. III d.C.

Las conclusiones obtenidas de las fechas del C-14 apuntan a la presencia de actividad en este yacimiento, al menos desde el primer tercio del s. I a.C., sin desechar la posibilidad de una presencia algo anterior como podrían apuntar algunos materiales metálicos o cerámicos recogidos en la "croa" (aunque casi erráticamente en la mayoría de los casos) (Chamoso Lamas 1977, passim), así como una fecha (CSIC-1321) del antecastro y otra del sondeo Este, ambas con las reservas ya expresadas más arriba. Se añade que, precisamente en el ángulo N.E. del recinto central del Castro, está documentada la existencia de algunos restos de pequeños muros y niveles subyacentes a los galaico-romanos que hoy están a la vista, con materiales igualmente pobres y fragmentados como los encontrados en el corte del lado Este (Arias/Durán 1996, 56-58, y Arias 2001, 193-197).

De esta manera, en esta parte del monte (zona N.E. y E. del yacimiento que hoy vemos), habría una primera ocupación (entre los s. I a.C. y I d.C.), probablemente muy limitada en el espacio y en el tiempo, y muy deteriorada por ulteriores utilizaciones, que derrumbarían y cegarían estructuras a materiales precedentes para proceder al acondicionamiento global y a la organización espacial del poblado así como a la construcción de su gran sistema defensivo. Esta sería la segunda -y más importante- ocupación de Viladonga, entre finales del s. II y comienzos del s.VI d.C. como límites máximos, extendida por todo el conjunto del yacimiento y definiéndose así como la fase más característica de este Castro, cuyo abandono, al menos en el área del antecastro estaría indicado por la fecha CSIC-1220.

No obstante, en este punto convendrá recordar que muchos aspectos de los aquí apuntados deberán de ser comprobados y ampliados con posteriores estudios, que incluirán tanto nuevas campañas de excavación en éstas y en otras áreas del Castro (en especial en los márgenes del corte tantas veces citado), como nuevas interpretaciones y estudios (tipológicos, analíticos, cronológico-culturales...) de los materiales que ha dado y sigue proporcionando este yacimiento.

En un plano más general y metodológico, hay que destacar la utilidad del radiocarbono como complemento en la datación, incluso de yacimientos de época histórica como el que aquí nos ocupa, cuando los materiales arqueológicos no son suficientemente diagnósticos. En un marco de síntesis, las dataciones radiométricas cumplen un papel de gran interés de cara al establecimiento del abanico temporal de la cultura castreña y de su periodización interna (Carballo/Fábregas 1991; Queiroga 1992), siempre teniendo en cuenta que este método de datación debe contrastarse, en la máxima medida posible, con los datos procedentes de la estratigrafía y de los estudios de la cultura material (Rey 1996, 157-206). En fin, conviene señalar la necesidad de no jugar con fechas aisladas, sino con series de ellas, lo que facilita su comparación y evaluación estadística y, last but not least, la eventual combinación de dos o más muestras datadas, permitiendo de esta manera la delimitación más precisa de los intervalos temporales (un buen ejemplo de ésto para un castro gallego, en Rubinos et alii 1999). Igualmente deben de tenerse en cuenta las limitaciones intrínsecas a ciertos tipos de muestra, como los huesos o las maderas de buenas dimensiones, pues estas últimas, al provenir de árboles longevos, pueden introducir un importante desfase en el resultado radiocarbónico.

Castro de Viladonga y Santiago de Compostela

Verano 2002

 



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Artículo de

Autores
Felipe Arias Vilas
Ramón Fábregas Valcarce

Publicación original
Datacións radiocarbónicas do Castro de Viladonga
Gallaecia nº 22, 2003, pp. 193-210

Traducción
Ana Mª Rubiero da Pena

Versión electrónica
Enrique Jorge Montenegro Rúa
http://www.aaviladonga.es/e-castrexo/es/mectxam01.htm

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